Junio 28, 2008...5:49 am

El camino de las estrellas, año 2004 (5)

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Casi nos matan

En Puente la Reina se ingresa, que no se entra, por una iglesia bellísima en cuyo interior se celebra una boda y en la cual el contrayente luce unas mejillas sonrosadas y un esplendoroso chaqué con un chaleco verde pistacho a juego o así, que deja ver la perniciosa influencia del vestir del señor Marichalar en este tipo de acontecimientos, quien se ha convertido en un verdadero modelo, es decir un Petronio de la elegancia. La calle Mayor, por donde transcurre el Camino, es la Quinta Avenida de la población, y una especie de compendio de todo lo bueno y malo que acontece a este respecto.
Por ejemplo, el caminante puede, si así lo desea, disfrutar del silencio y la soledad de la iglesia de Santiago. Allá, por un instante, uno puede incluso dar el cante de viajero romántico inglés o francés por la España ruinosa y exótica del siglo XIX que sale en los grabados de época, mientras sus pasos retumban en el suelo de madera y los retablos dorados barrocos parecen quererse apoderar de su memoria. Lástima que la bolsa de rejilla que pende de la mochila, y en que se procede al secado de la colada del día anterior, -llevo el curso del Norit Viaje muy adelantado- lo denuncie a uno, y resulte que la iconografía de gentleman queda un poco a trasmano. En la calle se sucede la vida misma. Y en un establecimiento penden indolentes los recuerdos jacobeos más al uso, junto a botas de vino y verdaderos capotes de torero.
Aquí el Camino no parece ser sólo una maldición, como una especie de plaga de Egipto que asola la población cada año y que por Jacobeo arrecia como la perniciosa sequía y otras desgracias parecidas, y cuya única recompensa a tantas adversidades es nuestra condición de consumidores y la perras que podamos dejarnos tras nuestro paso en forma de reguero de dinero. Aquí parece que se nos mira con alguna mueca de cariño, porque hasta el momento presente el éxito del nacionalismo catalán es absoluto, indescriptible, la catalanización de España se ha consumado, y la antipatía campa a su libre albedrío, que ni siquiera es tanta en Francia.
Con el canto del gallo salimos por verbigracia, y el paso del puente tiene su encanto y su aquel. Pero las gracias se acaban de inmediato, porque por culpa de la construcción de una autovía se han cargado limpiamente el trazado original del camino y han abierto una vía alternativa a golpe de pala excavadora,con el mismo resultado que si uno estuviera subido en la montaña rusa del Dragón Khan de Port Aventura. Para acabarlo de arreglar y, por culpa del fin de semana, esto parece el Paseo de Gracia, con un personal dominguero que hace etapas en los festivos, frescos y descargados, a uña de caballo, mientras que los caminantes de toda la vida andamos renqueantes, a horcajadas, como si pisásemos huevos.
Antes de Lorca salvamos el río Salado en donde el impagable de Aymerich Picaud, en su Guía del peregrino medieval explica que mucho “cuidado con beber en él, ni tú, ni tu caballo, pues es un río mortífero. Camino de Santiago, sentados a su orilla, encontramos a dos navarros, afilando los cuchillos con los que solían desollar las caballerías de los peregrinos que bebían de aquel agua y morían. Les preguntamos y nos respondieron mintiendo, que aquel agua era potable, por lo que dimos de beber a nuestros caballos, de los que navarros desollaron allí mismo”.
Meter la cabeza debajo de un grifo de una fuente pública, a 30º grados de temperatura, es una verdadera dicha, y beber agua helada directamente del caño, es como beber Moët&Chandon. Para acabarlo de arreglar han reaparecido, sanas y salvas, doy fe de ello, las dos italianas y con cierta guasa y cachondeo, mientras sorbemos cervezas me tildan de bambino rosso, en atención al pañuelo rojo que luzco atado al cuello como John Wayne lo hacía en La Diligencia.

La Vanguardia, 30 de junio del 2004

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