Junio 27, 2008...5:42 am

El camino de las estrellas, año 2004 (4)

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Arriba y abajo

En Pamplona, uno se siente más que extraño, extraterrestre, cual pulpo en garaje, embotado en mochila y pantalón corto pese a tener ya una edad. Algo hay, cuando Gregorio Morán dejó escrito: “Con los curas y la secretaria del arzobispado (de Pamplona) que nos sella la credencial, observo por primera vez que somos tratados como penitentes; gentes pobres o ricas, pero a las que se debe hablar con distancia o desdén porque no están en situación de normalidad. Seres anómalos a los que cabe dar un trato exento de respeto humano, ensalzar su voluntad pero temer sus intenciones”. Nada es lo que era, y la funcionaria arzobispal me sella la credencial con absoluta diligencia/indiferencia, sin tiempo para nobles sentimientos, como podría despachar billetes tras una ventanilla de Renfe.
Para la madrugada nos han preparado un sube y baja, una vez que se han acabado ya las montañas y el verde caramelo resplandeciente. No cejan en su empeño hasta que consiguen llevarnos al alto del Perdón, donde luce, es un decir, un monumento a los peregrinos, que es casi tan feo como si fuera obra de Subirachs y recuerda al toro de Osborne.
Bajo un cielo gris metálico, las nubes forman un claroscuro sobre el damero de las parcelas, que o bien están acabadas de lamer por la siega, o bien las espigas andan torcidas por el peso del grano. En la cima, unas señoritas italianas explican por el móvil todo cuanto ven, y la verdad es que se ve todo. Por primera vez, la vista alcanza hasta el horizonte. Unos caballeros, a quienes sus respectivas parecen haberles dado patio, gritan y fotografían también el todo, empezando por las italianas. Un parque eólico resigue el vértice de la cresta y es lógico que don Quijote tomara las aspas de molino por brazos de gigante, es una monstruosidad esa cicatriz de la tierra. La bajada es un rompepiernas auténtico y eso que han sacado las piedras principales.
Llegando a Uterga suena la hora del bocadillo en el reloj biológico que llevo puesto. No estoy de suerte y en el bar me toca una practicante de yoga y de cosas extrasensoriales que se sabe a Sánchez Dragó y Coelho al dedillo. Le falta tiempo para explicarme Eunate, la iglesia octogonal, casa cuartel de los templarios, entre el ramal francés y el aragonés del Camino.No contenta con las explicaciones se arma de bolígrafo y, sobre mi bloc de notas, traza un croquis de la iglesia y dibuja una diagonal desde la llamada torre de la penitencia hasta el claustro, señalando los puntos de mayor fuerza, especialmente el situado en el tercer banco de la iglesia. Para dar mayor énfasis y credibilidad a su exposición, añade que unos científicos japoneses midieron la intensidad del fenómeno: “Es como un cosquilleo que empieza en los pies y llega al corazón. Usted seguro que lo notará porque parece una persona sensible”. Y acto seguido me pone sobre aviso de la gran cantidad de cacos que cual bandidos de antes acechan el Camino.
En la barra despachan también los llamados productos esenciales para el peregrino, que algún avispado comercial ha ido dejando esparcidos a lo largo del recorrido. Son como toallitas refrescantes y las hay para diversas tipologías que puedan afectarnos tales como ampollas, pies cansados, hidratantes y picaduras de insectos. Lástima que no haya ningún remedio para el plasta que se pone al lado a darte conversación en forma de lapa o para los autores de las guías sobre el Camino. Eunate está a la izquierda de Muruzabal, protegida por una barrera de árboles. Desgraciadamente, no siento ninguna vibración, ni ningún hormigueo, a pesar de dar tres vueltas a su alrededor como mandan las instrucciones de uso. No debo ser un tipo demasiado sensible, ni sensiblero, pero la elegancia del lugar, su dimensión humana, hace mella incluso en alguien como yo. Después se llega, como no queriendo, a Puente de la Reina, es decir a mañana será otro día.

La Vanguardia, 29 de junio del 2004

1 comentario

  • El verano del 2004 quedé prendada de sus andanzas por el Camino de Santiago. Hoy las releo con el mismo placer.

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