Mayo 1, 2008...5:59 am

La vida o José Tomás

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XII. Ándale chamaco…

Se desbordaron los calificativos. “El sol del centro” cincelaba. “Señorón. José Tomás ofreció cátedra”. Aumentaba la cadencia. Para El Heraldo era “Inconmensurable”, “el nativo de Galapagar no sólo la puso a hervir [a la plaza] sino que la volteó boca abajo”. El cenit se alcanzaba en el “hidrocálido”. Tomás fue “magistral”, “apoteósico” y concluía con su nombramiento como “El Príncipe de Galapagar”.
Antes Cecy, mi anfitriona en Aguascalientes -los hoteles dejan de existir durante la feria- había confeccionado un desayuno liviano compuesto de chilaquiles (tomate verde, chile serrano, cebolla y queso) para acompañar los frijoles y huevo estrellado, regado todo con chocolate con leche. Con ese aditamento y con un sol que hacía estallar las mismas piedras nos dirigimos hacia la plaza para asistir al sorteo. La Monumental, concebida para quince mil almas estrujadas, es una construcción a medio camino entre el estadio Santiago Bernabeu y el estilo herreriano. Una mixtura imposible. Allí, un nutrido personal escudriñaba el ganado, con la misma avidez que los augures diseccionaban las vísceras de los animales para conocer el futuro. El sorteo se había retrasado por una “orden del gobernador” y salimos al coso. La pendiente de las gradas producía el efecto “Old Trafford”, los espectadores debían caer literalmente sobre los diestros hasta hacerles notar su aliento.

El sorteo se celebraba con la liturgia establecida. Lo extraordinario del caso es que a escasos metros se procedía a la celebración de la Santa Misa en la capilla de la plaza, abarrotada de público a cuya puerta podía leerse la oración del torero que produjo en Cecy un estremecimiento: “Estoy frente a ti, en la tranquilidad de esta capilla antes de hacer el paseíllo en esta plaza de toros, vengo a ponerme en tus manos, Señor Dios Nuestro, tú sabes que mi profesión es de alto riesgo. Elegí ser torero para realizar un arte que esta enraizado en una de las cualidades del hombre, siento que es como la música, poesía, pintura, escultura y demás artes de inspiración (…)” Justo por el texto naif transitaba Salvador Boix, el apoderado de Tomás, henchido de guayabera y tocado con un panamá, como un personaje escapado de alguna novela de Graham Greene ambientada en los trópicos.
Salimos por entre los tenderetes que ora ofrecen típicos sombreros como los que lucen los cowboys en los rodeos de las películas americanas, ora imágenes del diestro ensangrentado como ecce homo. Reseguimos la feria que según Cecy responde a la necesidad de los humanos de tomarse un respiro tras pasar el invierno y antes de iniciar el verano. Una especie de carnaval laico, un ritual purificador a través del desmadre. Comemos res y bebemos cerveza enchilada, en donde al líquido rubio se le añade salsa Perins, tabasco, pimienta, limón, cilantro hasta convertirlo en un caldo propio de la “escudella” de Navidad, rematado por un hilo de sal en los bordes. Cecy parece feliz y yo también.

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