
La familiaridad, como si Cataluña fuese una mesa camilla con brasero y todos a su alrededor. Es “la Marta”, ya se sabe cosas de “la Marta”, se tira en parapente y tal. El señor James D. Watson, premio Nóbel de medicina, también tiene sus cosas. Dijo que los “negros no tienen porque ser tan inteligentes como los blancos”. Pero Watson dejó de ser presidente de unos importantes laboratorios en Nueva York. Los americanos tienen esas manías. El señor Heribert Barrera tiene todavía la medalla de oro del Parlament.
Aquí se lleva la equidistancia, el hablemos. Al fin y al cabo Marta Ferrusola ha dicho lo que muchos piensan en privado. No es la primera vez que sucede, ni será la última. A la ex primera dama no le gusta que Montilla sea andaluz. Ian Kershaw en su monumental Hitler explica como “el sentimiento de que los judíos eran diferentes (por mucho que se esforzasen en demostrar lo contrario) (…) se estaba extendiendo a toda prisa ya antes que Hitler tomara el poder”. En Cataluña hay pues, por lo visto, un abismo entre la opinión pública y la opinión publicada. A lo peor también hay muchos que piensan que las mujeres asesinadas se lo tenían bien merecido, o que un hombre y una mujer no tienen los mismos derechos, o los homosexuales… ¿O es que nunca lo han oído?
Siempre nos queda la comparativa. En España, ven imposible que un catalán sea presidente del gobierno y sino que se lo expliquen a Miquel Roca, aunque la verdad no se lo he oído decir nunca en público, a ninguna esposa de un ex presidente de Gobierno. A la señora Ferrusola tampoco le gusta que Montilla se llame José. A muchos les ocurre y les ocurrió lo mismo. “El 13 de enero de 1934 (…) el rector nos comunicaba que nuestro colega, el catedrático no titular y concejal nacionalsocialista Israel, había vuelto a adoptar el antiguo apellido de su familia “con la debida autorización del ministerio” Lo narra Victor Klemperer en La lengua del Tercer Reich. No hay que celebrar ningún aquelarre contra ella, contra “això es una dona”, ¿recuerdan? Montilla ha llegado a President de la Generalitat, era el éxito de una mentira, del ascensor catalán, del buen charnego tipo Paco Candel o Manolo Vázquez Montalbán, del sueño catalán, de que “catalanes eran todos aquellos que vivían y trabajaban en Catalunya”, después se añadió la coletilla de que “y que quieran ser catalanes” ¿Cómo se es catalán? Hombre, muy fácil: hablando en catalán, porque si no puedes acabar como Tamudo, teniendo que explicar que sí, que lo habla con la novia y con el suegro. Y Montilla, lo dice la señora Ferrusola y lo dijo yo, lo habla muy mal. En el homenaje póstumo al poeta repitió incansablemente “Palau i Fabré” o “tomo nota” en el Parlament. Este es el presidente de un gobierno que exige un conocimiento de catalán a sus funcionarios, que él no tiene, o que impone multas lingüísticas.
Al fin y al cabo, tampoco hay que preocuparse mucho por Marta. Se trata por lo visto de una mirada rancia, excluyente y derrotada de Catalunya. Aunque eso sí, curiosamente, hay mucha gente que piensa como ella. La incorrección política da derecho a situarse intelectual y moralmente por encima del hombro de los progres y los pijos y darnos capones con la axila. Soy un de esos porque cuando leo lo que un judío –Joseph Roth- escribió en 1935, que “En un mundo de cómo éste no se trata ya de que sea imposible el que los inmigrantes reciban pan y trabajo: es casi un sobreentendido. Pero es que también es imposible que reciban “papeles”. Y “¿qué es un ser humano sin papeles? ¡Menos que un papel sin un ser humano!” me siento un hipócrita indignado, querida Pilar Rahola.


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