Marzo 13, 2008...5:33 am

Madrid, cuatro años después (3)

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Ya no nos quedan más lágrimas

Pero hemos de volver a llorar. Hemos agotado el sufrimiento, pero de nuevo hay que sufrir, sufrir por ellos. Son Félix y Pilar, están aquí en medio, de cuerpo presente, son dos víctimas, dos víctimas más de las casi doscientas registradas: por ellos y por todas las restantes se celebrará el funeral oficial de la diócesis. Hay un sol deslucido, y la luz se filtra cenital por las claraboyas del pabellón polideportivo de Alcalá de Henares en que se realiza el acto, formando como una nube blanquecina, una especie de halo que va descendiendo poco a poco hasta iluminarlo todo tenuemente, de forma tamizada, como si estuviera envuelto en un celofán y pareciese un invernadero. Sobre la pista de un azul estridente, llamativo, se han dispuesto las sillas blancas de plástico, como de chiringuito de playa, para los asistentes. Al fondo, bajo el tablero del resultado, con sus casillas para el local y el visitante se ha instalado una simple cruz de madera recia, delante de ella el altar, y frente a éste los dos ataúdes. Todo el ambiente está envuelto por la fragancia de la cera que arde, del aroma perfumado de las flores de las coronas mortuorias y del incienso, con una suave música religiosa de fondo, leve, apenas perceptible, que subraya la solemnidad y el recogimiento. Los asistentes entran en silencio, se desparraman por la pista, toman asiento entre las líneas aleatorias de los juegos que se efectúan sobre ella, forman un conglomerado humano de una exquisita humildad, de una procedencia claramente obrera. Hay algunos inmigrantes de color, y los uniformes verde oliva de los miembros de la Brigada Paracaidista o de la Guardia Civil, que se han querido sumar.
La gente está, estamos todos, muy tocados. Éste no es un lugar para los periodistas de relumbrón, sino para los simples jornaleros, para los que están dispuestos a picar piedra, a picarla en serio, no para los periodistas de mírame y no me toques, que se quedan sin palabras en momentos como éste. Los dispositivos de la Cruz Roja dejan abierto un espacio, un corredor de emergencia, por si hay que evacuar a alguien, de prisa y corriendo, y uno de sus miembros, ante mi estado, sólo atina a decirme: “Jefe, ahí tiene agua –señalando a unas botellas de agua mineral– por si la necesita”. Le hago un gesto mecánico, de que todo está en orden, pero me siento en la grada, con la visión borrosa y las piernas fatigadas. Aparecen los oficiantes formando una procesión, acabada en el cardenal arzobispo de Alcalá, precedida por otra bocanada de incienso, y un sudor frío me recorre la espalda. Empieza la ceremonia, y los servicios médicos vestidos con la bata blanca se vuelcan sobre los familiares que sufren los primeros amagos de crisis. Se les ve respirar con dificultades, de forma desacompasada, con mucha fatiga, y durante el evangelio ya se producen las primeras evacuaciones, que provocan un vivo interés entre los fotógrafos. Esta es la primera línea del dolor, por aquí pasa el frente, ahí se abre una trinchera insalvable entre quienes son víctimas y quienes no lo somos, una raya divisoria, una frontera infranqueable entre el dolor propio y el ajeno. En la homilía se vierten conceptos elevados, del tipo de que “nada justifica la muerte de un hermano, ninguna ideología, ningún nacionalismo”. El señor arzobispo enfatiza convenientemente la palabra nacionalismo deletreándola pausadamente y subiendo de forma ostensible el tono de voz. La ceremonia concluye, y no creo exagerado afirmar que esta sea la primera buena noticia para casi todos que recibimos en las últimas cuarenta y ocho horas.
Regreso a Madrid con los fatídicos trenes de la muerte del 11-M. En la estación de Alcalá hay colocadas velas en los andenes y una enseña nacional, sobre la que se puede leer simplemente: “Cadena perpetua”. En el vagón están sentadas dos mujeres magrebíes con el chador puesto, y un niño que se encariña conmigo y sólo hace que pegarme patadas en la espinilla mientras se ríe. La abuela, en un delicioso castellano, le pregunta: “¿Tú eres bueno?”, y la criatura responde negativamente, para mi alivio. La abuela, no satisfecha, vuelve a la carga: “¿Tú eres malo?”, y le niño vuelve a negarlo. Entonces, la abuela, sin más argumentos, afirma: “Tú eres regular”, y todos nos echamos a reír con ganas, por la ocurrencia de la buena mujer, y las risas parecen invadirlo todo, llenarlo todo, hasta el punto de que nos sorprende a nosotros mismos habernos reído. Las primeras risas que escucho en dos días. En Atocha, también para mí se acaba este viaje.

[Manuel Trallero, La Vanguardia, 14 de marzo del 2004]

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Con Laura a casa Patas. Nada parece desaconsejar la tortilla de patatas y el fino de los turistas entre zapateado y seguidillas del acreditado tablao madrileño. Vamos a Génova, cruzamos el cordón policial sin aspavientos. Una chiquillería escasa grita frente la sede del PP cerrada a cal y canto. Entre periodistas y pasma, hay más indios que caballos. En la Puerta del Sol tres cuartos aunque eso sí, con velas como si estuviera el Papa. En la radio del taxi la SER comenta como rumor la suspensión de las elecciones, aunque el conductor de Hora 25 lo da como carente de cualquier sentido. Pero lo da. A Laura se le juntan aún más las cejas de preocupación y estruja mi mano.

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