Marzo 11, 2008...5:21 am

Madrid, cuatro años después

Saltar a Comentarios

El día en que Madrid fue Guernika

11m.jpg

Madrid es hoy una ciudad abierta, el Madrid del “no pasarán” se ha convertido en el Madrid ciudad mártir, Madrid en la primera línea de fuego. La ecuación trágica, Atocha y atentado, cuadra entre dos vigilias del sueño, a través de la radio. Al taxista le doy yo la noticia, no se había enterado, el resultado es inminente, previsible: “Y ese hijo de puta de catalán yendo a hablar con ellos, en lugar de denunciarlos”. No me he lavado la cara, ni siquiera los dientes, son apenas las ocho y pico de la mañana y con el sueño puesto corro, simplemente corro por un túnel, corro sin saber adónde voy, tropezando con la gabardina, porque nadie en coche puede llegar, el tráfico está cortado. El día es gris, gris oscuro como en el cuadro de Picasso. Ayer a esta misma hora yo estaba aquí, precisamente aquí, en el AVE, camino de Zaragoza, ¿por qué ellos sí?, ¿por qué yo no?. “Nos están matando, Dios mío, nos están matando”, repite una madre abrazando a su hija contra el pecho. Ésta es la última línea, a partir de aquí ya no se puede cruzar, ni pasar. Delante de mí son como hormigas que corren desesperadas fuera del nido, sin saber adónde van, es como una imagen de un documental en blanco y negro. Llego a tiempo de ver a algunos heridos que salen por su propio pie con la cara manchada de sangre; el ulular de las sirenas se convierte en la música de fondo sin cesar y los destellos de las luces de las ambulancias y de los coches de la policía configuran un paisaje irreal de esos trenes de la muerte, de las estaciones convertidas en tumbas. Hablo en directo con RAC 1, para el programa de Albert Om, las cabezas se vuelven, las miradas se clavan, e incluso se escapa algún epíteto malsonante cuando me oyen pronunciar en catalán. Atocha está ahí delante, fija inmóvil, como un ataúd ingrávido. Una multitud corre de un sitio a otro, hay caras aceituna de ecuatorianos y pelos ensortijados de magrebíes, que van sin un destino, como se ve en las películas cuando las ciudades son bombardeadas y las víctimas huyen despavoridas sin saber adónde ir, mirando el cielo con un ojo y buscando un refugio con el otro.
Madrid es una ciudad en guerra a esta primera hora de la mañana en que el pueblo llano, el simple proletariado, cogía los trenes de cercanías para llegar a su lugar de trabajo. Todo el mundo permanece pegado al teléfono móvil, mientras el pánico se apodera de la gente, que corre y corre. “Pero, señora, ¿cómo me pregunta cómo ir a no sé qué sitio, con todo lo que está pasando?”, le espeta un guardia municipal a una buena mujer. La gente quiere pasar, llegar a su destino, a su trabajo, ponerse a salvo a toda costa, pero la policía está desbordada, presa del nerviosismo, la confusión es inenarrable. Pero también hay quienes lloran, algunos con un lloro histérico, pero otros en cambio con una lágrima solitaria, única.
Hay gente que camina sin rumbo fijo, ausente, como zombies, simplemente llora sin parar. Las ambulancias, mientras tanto, hacen cola para entrar en la estación –por los muertos ya no hay prisa– y los helicópteros revolotean por lo alto. La conmoción es tremenda, como una losa sobre la ciudad, estamos paralizados por el miedo. Nos sacan en volandas de allá en medio. Un coche aparcado en las inmediaciones ha sido, por lo visto, robado, y se prepara su explosión controlada, dicen que sobre todo nos apartemos de los edificios, para evitar la caída de los cristales producida por la deflagración. No paran de salir ambulancias y las emisoras de radio dan una cascada incesante del número de víctimas. A las diez en punto explota, es un ruido seco y apagado. No he dejado de sudar hasta ahora, pero me invade de repente un frío atroz, mientras una policía nacional y yo tratamos de atender a una señora mayor, que literalmente no sabe dónde está. Salen las palabras como truenos. Matanza, masacre, animalada, salvajada, locura, son simples eufemismos de la realidad.
Retrocedo, subo por una calle. Los periodistas han plantado sus reales, delimitado su territorio e instalado su batería de cámaras de televisión y objetivos de larga distancia frente a una tenue línea trazada por una cinta, una frontera entre la realidad y la información. En una máquina de un parquímetro alguien ha pegado un cartel, un simple rótulo escrito a bolígrafo sobre un pedazo de cartón; reza de esta forma: “ETA hijos de puta, GAL mátalos”, pero nadie lo ve, a nadie le interesa, ellos buscan remover los rescoldos y encontrar algún testimonio, y si está herido, mucho mejor.En éstas llega el ministro Acebes, perfectamente peinado, ataviado y encorbatado, caminando, simplemente caminando, con una moto a su lado que presta una liviana custodia. Y se forma una melé de periodistas a su alrededor, pero el ministro resiste el envite, algunos viandantes le reprochan la tardanza: “¡Vaya cara, han pasado más de dos horas!”, y el ministro tan sólo asevera bajando la cabeza y corroborando lo dicho, todo ello marcado por la fuerte expresión de la mandíbula. Y el ministro, tras efectuar unas sucintas declaraciones, tal como ha llegado, hasta el limite de la zona cero, se va como ha venido, como yo, que también trato de irme.
Desde Barcelona recibo varias llamadas. Allí nadie da crédito a lo sucedido, todos plantean dudas más que razonables sobre la autoría de ETA. Aquí, en cambio, poco después del atentado y en plena vorágine informativa nadie plantea ni un atisbo de duda respecto a la autoría de la colocación de las mortíferas bombas.
Atravieso una ciudad inerte, muerta bajo los cascotes de los acontecimientos, el tráfico rodado es leve, el pulso de la ciudad, bajísimo; la actividad, reducida. En la estación de El Pozo (del Tío Raimundo) hay también noticia, es decir, víctimas. Los dos últimos kilómetros los hago a pie, mientras que, en un puente sobre la vía, un numeroso grupo de curiosos contempla ociosamente los trabajos de rescate. Trato de acercarme y soslayo algunos controles policiales, llego hasta una distancia inverosímil del convoy y aprecio claramente un boquete en el primer vagón, un cráter que ocupa una tercera parte del vagón. Distingo claramente un cadáver, a un fallecido envuelto en una manta de aluminio, mientras en las proximidades hay bancos de la estación repletos de sangre tras haber sido utilizados como camillas para transportar heridos. Siento flojear las piernas y tengo náuseas. Aquí ya no llegan ambulancias, aquí ya arriban los primeros coches funerarios.Un policía me intercepta: “No se puede pasar”, como si ésa fuera a estas horas una gran consigna. Le expongo mi condición de periodista y simplemente me responde: “Pues por eso”. “¿Por eso, porque soy periodista no puedo pasar?” El caballero da por concluida la conversación y simplemente me avisa de que me atenga a las consecuencias. Marcha atrás. Subo a la carrera en compañía de unos miembros de la televisión gallega hasta la azotea de una casa próxima. Ahí está la vía, con los vagones retorcidos, como simple chatarra. Nada ya por ver.Nueva estación, esta vez Santa Engracia. Hay una fuente rodeada por un parterre repleto de flores, que unos empleados municipales tratan de preservar a toda costa, pero los medios de comunicación y una chiquillería se han encaramado a la fuente central mientras una madre va buscando entre los condiscípulos de su hijo a su propio hijo, con una angustia infinita. Me dejo caer en la trasera del taxi y me pongo de repente a rezar. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

[Manuel Trallero, La Vanguardia, 12 de marzo del 2004] .

·

Me iba vistiendo por el pasillo del hotel, -con las prisas me había dejado la dentadura postiza-, como en una pesadilla en donde uno se cae en un pozo profundo y va cayendo y cayendo, sin acabar nunca de llegar al fondo, dando vueltas y más vueltas sobre uno mismo, igual que en una película de Hitchcok. Sólo había escuchado en una entrevela de dos sueños las palabras “atentado” y “Atocha”. Había tardado en reaccionar y saltar de la cama, mientras una colaboradora del programa de Jiménez de los Santos narraba lo que veía desde el balcón de su casa. El taxista no se había enterrado. “Yo corría, corría ahora por el túnel de Atocha, el túnel tampoco parecía quererse acabar nunca. Por entre los coches presas del atasco, el aullido de las sirenas y entonces sí, con el viento contra la cara, los faldones de la gabardina enredándose por entre las piernas, a punto de perder un zapato, entonces comprendí que sí, que había habido un atentado en Atocha. Y yo estaba allí con un bloc y un bolígrafo en la mano.

·

“Cuando el teléfono negro del Ministerio del Interior que está en la habitación suena entre las siete y media y las ocho de la mañana nunca ha fallado: ETA. El atentado de mi marido fue a esa misma hora. El sonido del teléfono a esa hora lo tengo asociado con ETA. Así empezó la mañana del 11 de marzo”.

[Fuente: Ana Botella (con la colaboración de Álvaro del Corral Navarrete), Mis ocho años en La Moncloa, DeBolsillo, Barcelona, 2004, pág. 286]

La esposa del presidente del gobierno español sigue a rajatabla a los conductistas. Paolow hizo el experimento con unos perros a quienes llamaban con un gong para comer, a base de insistir consiguió que los canes empezaran a segregar saliva con solo oír el tañido. A la señora Botella con el teléfono le sucede igual.

·

“Ángel Acebes, que realizó durante todos esos días y los venideros un trabajo excepcional, había explicado a medida tarde en rueda de prensa que la policía había encontrado una cinta con versículos del Corán en una furgoneta aparcada en Alcala de Henares. Nadie cambio las sospechas sobre la autoria de los atentados” (…) “Vi las imágenes por televisión. En estos momentos no se me ocurría pensar en nada más que en ETA como responsable del atentado, a pesar de esa cinta con versículos del Corán. Salta la noticia de una extraña reivindicación del atentado a un periódico de Londres via e-mail. Parece que lo reivindica el mismo grupo que en verano se atribuyo el apagon de Estados Unidos”. ”

[Fuente: Ana Botella (con la colaboración de Álvaro del Corral Navarrete), Mis ocho años en La Moncloa, DeBolsillo, Barcelona, 2004.]

El desacuerdo horario es evidente. A las cinco de la tarde, a las cinco, me habían llamado de Barcelona. Era Al Qaeda, La Vanguardia lo iba a publicar fue el único periódico, curiosamente, que no se dio por enterado de las explicaciones que recibió personalmente del Presidente del Gobierno, el señor Aznar, una víctima del terrorismo, diciendo que era ETA.

·

“Así que cuando uno no pertenece al presente y sólo se reconoce en el pasado, quiere decir que se convirtió en lo que soy, un viejo”. Sigue en Artículos.

Escribe un comentario