Enero 14, 2008...6:02 am

Ni está pasando, ni lo están viendo

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El slogan yerra, no en su intencionalidad –hacernos cómplices de sus fechorías- sino en su falso supuesto: el directo. “Está pasando, lo están viendo” es una forma espuria de la manipulación. El ojo de Dios que está en todas partes y que todo lo ve… por nosotros, claro está. Una falacia, pues pretendía establecer LA VERDAD de un manotazo, a porrazos de supuesta realidad.
Aquel día se estropeó el ordenador de facturación de Iberia en el aeropuerto de El Prat de Barcelona. Se preveía un caos de unas dimensiones estratosféricas. El enviado fue ídem por sus superiores del periódico al llamado lugar de los hechos. Alguien había activado los mecanismos necesarios, doblado el personal que atendía en los mostradores… Por una vez, las cosas se habían hecho de forma razonable. La normalidad era prácticamente absoluta. Lo único anormal era la presencia de periodistas a la búsqueda y caza de la supuesta noticia. Éramos como aquel otro enviado de un periódico inglés del siglo XIX al Sudán porque se estaba produciendo una guerra. Pero cuando llegó, cayó en la cuenta que las hostilidades sucedían en el país vecino, en Egipto.
No teníamos guerra que explicar, no sucedía nada que no sucediese cualquier otro día del año. Pero la cámara de televisión se colocó precisamente delante de la única cola –escasa por cierto- que existía en aquel momento para facturar el equipaje. Desde allí el presentador, con el flequillo lacio cayéndole sobre la cara, comentó que todavía proseguían las anomalías. Estaba pasando, lo estaban viendo… en riguroso directo.
El corresponsal empezó a enviar crónicas a su periódico inglés sobre una supuesta guerra en Sudán. Al poco tiempo de publicarlas, y gracias a ella, estalló el conflicto. Se hizo realidad aquella máxima: “No dejes nunca que la realidad te estropee un buen titular”.
El 7 de octubre del año 2007 se produjo, por lo visto, una noticia. Era escuálida, poseía poca enjundia, no había por dónde hincarle le diente. Solo arañando la semántica hasta el límite de violentar su sentido, se la podía considerar como tal, en alguna de las acepciones que establece el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia del término “noticia“. Aunque, claro está, siempre quedaba la posibilidad de salirse por la tangente y usar el método proclamado por El País en su Libro de Estilo en relación al boxeo: “El periódico no publica informaciones sobre la competición boxística, salvo las que den cuenta de accidentes sufridos por los púgiles o reflejen el sórdido mundo de esta actividad. La línea editorial del periódico es contraria al fomento del boxeo y por ello renuncia a recoger noticias que contribuyan a su difusión”. Recordaba la precisión de aquella definición de noticia: “No es noticia que un perro muerda a un hombre, la noticia es que un hombre muerda a un can”. Parece que la noticia guarda alguna relación con la excepcionalidad de lo sucedido, con su carácter extraordinario, el mordedor de canes. Pero lo sucedido aquella noche del 7 de octubre del 2007 no era ninguna rareza, nada del otro mundo. A fin y al cabo se podía enunciar diciendo que una joven había sido agredida de palabra y obra, por otro joven en el interior de un vagón de ferrocarril.
Una minucia que acontece cada dos por tres. “Las historias sobre conflictos en los trenes corren entre varios pasajeros” sienta en el haber de la Historia La Vanguardia del 29 de octubre. La casuística es diversa pero el lazo que entrecruza las vidas de esos extraños, en aquel preciso instante, es el miedo. “Yo por la noche, cuando volvemos de la discoteca, no me atrevo a coger el tren, me vienen a buscar mis padres en coche ” Acechan en busca de la presa (…) “es peligroso, a cualquiera se le pueden cruzar los cables y meterse contigo, nosotras nos vinimos en el tren una vez y nunca más”(…) “Cuando se acaba la fiesta, algunos vuelven a casa pasados [de alcohol, se supone], si se pican en la discoteca siguen la pelea en el tren y si no caben en el vagón porque hay mucha gente y se quedan fuera tiran piedras a los trenes”. Carta blanca, impunidad: “La semana pasada unos tíos se colgaron en las barras y empezaron a darle patadas a uno que estaba sentado, los de seguridad lo vieron y lo único que hicieron fue cambiarse de vagón”. Resultante: “Es que hay mucha gente mala y nunca sabes lo que te pueden hacer, si ves algo así es mejor pasar de todo”, Porque siempre habrá quien diga “esa tía me está mirando mal”, “Puta, a mí no me mires más así porque te rajo”, “¿Con qué la vas a rajar, con las uñas?” (…) Hasta el próximo sábado”. ¿De qué color es el miedo? El miedo tiene el color de la fiebre del sábado noche. Pura rutina, pedazos de cotidianidad, recogidos como los cachos de un espejo roto desparramado por el suelo para recomponer el pretendido “puzzle” de la realidad.

(continuará)

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“Trallero es un indeseable”… Sigue en Epónimos.

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